La Vida es Juego

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By Daniel
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March 1, 2022
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8 min read
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A veces me pongo a pensar cuales son realmente los primeros recuerdos que tengo de mi vida. Podría decir que uno de estos es, cuando apenas aprendía a caminar, tiraba los cojines de un sillón hacia el patio externo de la casa de Tampico, o bien yo jugando en la arena de la playa de Puerto Arista, sintiendo un sol poco clemente quemando mi espalda y escuchando el fuerte sonido de las olas al quebrar.

A veces no sé realmente cuántos de estos sean realmente mis recuerdos, o que tanto hayan sido re-fabricados por las fotos y los videos que he visto tiempo después.

De mi infancia recuerdo mi enorme cantidad de juguetes, mis calzones manchados por no querer dejar de jugar con mis juguetes, poner mi voz ronca mientras usaba mis shorts de Rambo, pero sobre todo recuerdo los largos viajes en carro a lo largo del país. Y si que puedo decir que conocí las carreteras de México. De norte a sur. A veces tan espectaculares, a veces tan largas y aburridas. Recuerdo paisajes, recuerdo pueblos, recuerdo montañas que parecían nunca cambiar de tamaño a pesar de nuestra alta velocidad hacia ellas; pero sobre todo recuerdo los juegos en el viaje para matar las horas al volante. Tu y yo. Me decías, escoge un color, yo siempre escogía rojo o azul, t siempre escogías el blanco, después nos poníamos a contar el numero de carros con el color que habíamos escogido. Tu siempre ganabas. Las horas y los kilómetros de carretera fluían como vasos de agua para un sediento corredor, mientras escuchábamos las canciones de The Beatles, o bien las platicas de superación personal de Miguel Angel Cornejo en el fondo (como lo odio hasta la fecha), pero nosotros seguíamos jugando, y las horas seguían pasando.

Los juegos nunca faltaban y la monotonía del momento parecía ser el combustible de estos. "Adivina cuantas personas antes de que Carlos y Rosy" me decías en el área de recepción del aeropuerto cuando íbamos a recogerlos.
"Adivina cual fila del tráfico avanza más rápido".
"A ver, dime tu marcador final de este partido… en el medio tiempo podemos cambiar".

En el trayecto de mi vida me fuiste enseñando eso, que la vida es un juego, y a que a veces uno tiene que percatarse de que el árbitro no está viendo todo el tiempo. Que solo es falta si el árbitro te cacha. De cuál es la manera correcta de patear un balón de futbol. Que a veces esta bien orinarse en el mar si no alcanzas a llegar al baño. Que si te tomas muy en serio el partido terminas perdiendo a pesar de que ganes. Que en la vida a veces juegas solo, y hay ocasiones en que la defensa es la mejor ofensiva.

“Nunca busques pelea, pero si alguna vez te molestan, defiéndete, a chingadazos si es necesario… nunca dejes que se aprovechen de ti, solo basta con que le pongas sus putazos a uno de ellos para que te dejen de chingar los demás”.

Me enseñaste que en la vida no siempre se puede ganar, y que una derrota puede valer más que cien victorias.

La vida puede ser perra, pero la vida puede también ser bella, la vida puede ser linda, como un soneto, como una poesía, como un cuento, como la literatura. Otro de los hábitos que te aferraste a enseñarme, y tal vez el que más trabajo te costó.

"No hay mejor amigo que un buen libro".

Me decías, mientras que me interesaban mas en esa edad los videojuegos. Yo siempre me enfurecía por qué no me dejabas tener una televisión en mi cuarto, obligándome indirectamente a encontrar un entretenimiento alterno por las noches. Me recomendaste, casi sometiste, a leer "Kane y Abel" de Jeffrey Archer, el cual leía en un principio a una velocidad de una página por noche, antes de caer dormido de aburrimiento. Pero poco a poco fui encontrando interés en la historia de esos dos rivales, y una página por noche se convirtió en diez, y de pronto en un capitulo, y luego dos, hasta que ni el sueño podría separarme de aquellas hojas describiendo aquella historia que fluía por mi imaginación de una manera tan espectacular, me sentía Kane y también Abel. Las páginas de aquel libro terminaron y vinieron más. Llego Henri Charriere con su increíble perseverancia y su increíble habilidad de escapar de lugares imposibles, entonces me convertía en Papelón. Luego llegaron dos autores que jamás podré olvidar. Del primero de ellos recitaste de memoria la primera página de su obra maestra, y yo sentía estar junto a él, frente al pelotón de fusilamiento, justo antes de recordar cuando su padre nos llevó a conocer el hielo, y al segundo autor, en la continuidad de su parque, en su casa tomada, al final del juego, sin saber si era más cronopio, o siendo más fama. Y así, sin saberlo hice de la literatura mi más fiel amigo, mi aliado, mi confidente, en los tiempos más solitarios de mi juventud, justo cuando más los necesitaba.

Pero no fue hasta tiempo después de que supe el porque realmente me gustaba tanto leer y se me facilitaba el escribir. Fueron todos aquellos cuentos que me narrabas todas las noches antes de dormir, donde el caballero negro cabalgaba hacia el castillo donde se encontraba la princesa Rosita.

La vida es linda, la vida es bella, la vida es para vivirse y para ser feliz. Pero no siempre es así. A veces la vida puede ser muy cabrona y llena de incertidumbres. Sin embargo aunque la incertidumbre parezca ser una perra rabiosa estar mordiendo tu yugular, uno tiene que seguir viviendo, uno tiene que sonreír a la vida y tolerar esa incertidumbre, pues como cualquier desastre es pasajero, uno continua viviendo, y uno hace de su vida lo que quiere, y muchas veces lo que puede hacer. A fin de cuentas la vida es como un juego. Uno tiene que apostar a la vida misma. La vida es diversión. La vida es felicidad. Yo he sido feliz en mi vida. En una muy gran parte esa felicidad te la debo a ti, por enseñarme a ver la vida a través de tus ojos. Y a pesar de todo lo que me has dado, tan solo me has hecho prometerte una cosa.

No me preocupa tanto lo monetario, ni todas las oportunidades que tu me has dado, a pesar de lo elevadas que estas son, se bien que esforzándome puedo lograrlo, pues tu y mi mamá me han dado las armas para ello. Lo que me preocupa es poder llegar a tener la importancia para mis hijos como tu la has tenido para mi vida. A pesar que cada vez que me veo al espejo veo mas de tí en mi rostro y en mi forma de ser (en ocasiones mas de lo que quisiera), me preocupa que mis hijos me puedan ver con los mismos ojos con los que yo te he visto toda mi vida. Poder ser tan buen padre como tu lo has sido conmigo.

Poder enseñarles que esta vida es como un juego de ajedrez, en la que no importa si eres peón o eres rey, al fin del partido terminamos todos en la misma caja. Que la vida es para vivir, para amar, para ser amado, para reír y hacer reír. Que la vida es un juego en la que sabemos de antemano el resultado. Que la vida es un juego, a veces como el ajedrez, a veces como el poker, pero muchas veces como él dominó. En la vida no compites contra los demás, compites contigo mismo, compites con tu capacidad de disfrutar la vida y disfrutar el partido aunque a veces te ganen con un zapato. La próxima vez tal vez te toque una mejor mano, menos mulas, o un compañero que sepa contar. La vida es acerca del camino y no tanto el resultado, pues este todos lo sabemos de antemano. La vida es juego, un juego para disfrutar, y qué hay que jugar sin miedo.

Era una tarde gris y fría en el Parque Central. Habíamos llevado a Paulina y a Luciana a que le dieran de comer zanahorias a la jirafa. Nos habíamos refugiado en la biblioteca ubicada en el medio del parque más por frio que por aburrimiento. En uno de los libreros desorganizados estaba asomándose una caja de ajedrez. La abrimos con la esperanza de que estuvieran todas las piezas, faltaba un peón, pero improvisamos sustituyéndolo con una corcholata de coca cola light. Llevábamos años sin jugar.
-Peón cuatro rey.
-Peón cuatro rey.
Comenzamos como siempre solíamos comenzar. Me presionabas a que me apurara en mi siguiente movimiento; yo me tomaba un poco más de tiempo del que necesitaba para desesperarte un poco. Parecía que conocieras de memoria cuales serían mis siguientes movimientos. Y tu juego agresivo hacía qué las piezas salieran del tablero como si huyendo de un incendio. Sin darte cuenta sacrificaste a tu reina, y en cuestión de tiempo eran más mis piezas que las mías. Nunca había podido ganarte un solo partido de ajedrez hasta aquella tarde. No lo podía creer. El día que pensé jamás llegaría estaba aquí. Se veía tan solo y asustado tu pobre rey.
Jaque Mate.
Me miraste a los ojos y sonreíste como siempre. Como lo has hecho toda tu vida cuando me ves jugar.
Gracias por enseñarme a jugar el juego. Gracias por siempre jugar conmigo.

Comments
Joselo
Gracias por compartir tus escritos y esta ventana donde se reflejan la admiración y el amor que no te caben en las palabras. Ojalá pronto puedas seguir teniendo estas revanchas con tus letras y por supuesto con Carlos. Saludos!
Muchas gracias Joselo! Aprecio mucho tus lindos comentarios y me motivan a retomar esa bonita costumbre. Tengo toda la intension de retomarla y siempre son bienvenidos mensajes como los tuyos. 🙂

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